Populismo en 3ra fase

“La Macroeconomía del Populismo” se presentó repetidas veces en la historia económica latinoamericana. En las últimas cuatro décadas, los casos fueron diversos, traumáticos y costosos. Ahora, con matices algo diferentes al pasado, el turno otra vez es de Venezuela y Argentina.

Los profesores R. Dornbush y S. Edwards definieron el “populismo macroeconómico” como la preocupación exclusiva de los “policy makers” por la disminución de la desigualdad de ingresos de los ciudadanos, sin contemplar restricciones internas (un balance fiscal sustentable, estabilidad de precios, alineamiento de salarios reales con productividad). O externas (un equilibrio en balanza comercial y mejoramiento de la posición crediticia internacional sostenible), todo esto ojalá, no es un objetivo primario, con crecimiento económico. Además, en la actualidad el populismo adquirió un matiz adicional generando reformas constitucionales con concentraciones estatales en los mercados.

El ciclo del populismo latinoamericano, iniciado después de un contexto económico típico en cada caso, se identifica en 3 fases (la gloria, la duda y el colapso) cada una de variada duración. Muchas veces se atribuye el origen a la irracionalidad de los votantes en la elección de programas, otros atribuyen la combinación desafortunada de demandas sociales y políticas insatisfechas como un determinante, pero en definitiva el gran factor común para su origen es la falta de una fortaleza institucional que facilite la eficiencia en la asignación de recursos a las diversas demandas más allá de la renta de recursos naturales.

Argentina, antes del 2003, se caracterizó por un magro crecimiento entorno a 2.1% del producto, un desempleo del 14.6% y una inflación de 197% en promedio desde 1990. Por su parte, Venezuela hasta 1999, tuvo un crecimiento promedio de 2.5%, un desempleo de 10.1% y una inflación del 46% en promedio. Ambas economías reunían en su conjunto un cansancio del desempeño económico y una baja representatividad política. Las demandas por reactivación, reestructuración y redistribución del ingreso sonaban con fuerza para los siguientes gobernantes preparando así la antesala de la era populista.

La primera fase -la gloria- entre principios del 2000 hasta 2011, atendiendo los clamores sociales vigentes en ambos países, la expansión del gasto fiscal y las irrupciones en los mercados con controles de precios de todo tipo fue una constante. Subsidios cercanos al 80% del consumo de combustibles fósiles, impuestos y restricciones a compra y venta de dólares o la implementación cuotas de exportación e importación junto a bonos fiscales de todo tipo y nacionalizaciones de industrias, encontraron popularidad en medio de un ambiente externo favorable con el despertar del dragón chino en 2002 y un alza considerable de los precios reales de productos de exportación–soya 25%, cereales 49.5% o petróleo 103,5%- hasta el fin de periodo. Esto confundía el camino con crecimientos en torno a 4.8% y 7.1% del producto en Venezuela y Argentina respectivamente.

Luego, una fase de duda empieza a mostrar la costosa factura de éstas políticas. La caída de más del 40% del precio del petróleo y entorno al 20% de los precios de otras materias primas restringe de ingresos fiscales a éstas economías. El creciente desempleo y retirada de la fuera laboral, los cuellos de botella en los mercados, el desabastecimiento de productos alimentarios, racionamientos eléctricos y el alza en el endeudamiento de cerca de la mitad del producto son síntomas que preparan el camino para la tercera fase del ciclo populista: el colapso y la crisis. Ya las expectativas este año nos diagnostican una recesión en ambas economías con crecimiento negativo cercano al 2% para 2015 según proyecciones del FMI y el panorama parece sombrío a mediano plazo más si se asume que la desaceleración China está presente y el ciclo de precios de materias primas se encuentra a la baja .

Es importante reducir la desigualdad en forma sostenible. Antes y ahora, las experiencias populistas en la región muestran la costosa factura que pueden generar para sus ciudadanos. Son necesarias las instituciones, existe una oportunidad para alcanzar los mismos objetivos con una combinación de disciplina fiscal, estabilidad legal y responsabilidad política. Se debe impulsar la fijación de expectativas creíbles y estables promoviendo la inversión no solo física sino en capital humano.

Publicado en América Economía


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